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Pues yo me veo guapo

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En nuestro día a día se suele ver una confusión constante entre la ética y la estética, puede parecer ilógico, pero hay un gran número de personas que consideran que sus decisiones estéticas, sus gustos en cuestión de modas, son un indicativo de su altura moral, de su compromiso con las cuestiones relevantes de nuestro mundo. Y aunque yo no comparto esa opinión no puedo negar que es un debate milenario (ya estaba presente en Aristóteles) y que ha influido en nuestras vidas quizá más de lo deseable.
Al fin y al cabo, tiene cierto sentido todos hemos aprendido a desconfiar de la gente que tiene cara de mala persona, de las sonrisas crueles y de las miradas frías y es lógico pensar que existe una relación no solo bidireccional sino sobre todo constante entre la moral y la apariencia, es decir que, si una persona tiene cara de ser cruel, es porque es cruel y sí es cruel antes o después se le notará en la cara.
Toda esta digresión viene a cuento porque, hablando con un amigo hace unos días me pidió que le recomendase algunas lecturas para el día del libro y, tras mucho reflexionar, le presenté una pequeña lista en la que se combinaban distintos géneros y temáticas y que estaba encabezada por un auténtico clásico, que no me canso de recomendar, y que trata precisamente este tema: “El retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde.
Estamos ante una de las obras cumbres de la Inglaterra Victoriana, una obra maestra del lenguaje donde cada palabra está cuidadosamente engarzada construyendo un delicado entramado que nos sorprende una y otra vez por su extraordinaria calidad y, ante todo, una combinación de vitalidad, delicadeza, ironía, crueldad y honestidad que desarrolla temas profundos como la influencia de la ética en la apariencia, antes mencionada, las consecuencias de la vida libertina, la hipocresía de la sociedad, o el valor que se le concede a la belleza y a la juventud, dos cualidades que, por su propia naturaleza, no suelen durar.
Un libro mucho más duro de lo que parece, aunque eso no impide que en algunos momentos te arranque una carcajada la ironía y el cinismo de Lord Henry Wotton, que supuso un auténtico escándalo en la época, y que a pesar de ello ha envejecido extraordinariamente bien.
Wilde decía que “el libro que no merece una segunda lectura tampoco merecía la primera” y en este caso es evidente que nos encontramos ante un libro que merece la pena leer y releer pues cada vez descubrirás algo nuevo quizá no en la trama, pero sí en cuanto a los personajes y, sobre todo, en el maravilloso uso del lenguaje. En suma, una auténtica maravilla que merece la pena leer.

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