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Primero apunté en el cuaderno a los que me miraban mal…

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Cuando uno lee sobre la historia de Roma antes o después se encuentra con conceptos que le resultan por demás extraños, costumbres que eran aceptadas socialmente, incluso vehemente defendidas por los sabios de la época, la esclavitud sin ir más lejos, pero entre todas hay una que suele destacar: el poder que tenía un padre sobre la vida y la muerte de sus hijos. Nosotros rompiéndonos la cabeza sobre la edad a la que deben tener móvil o si el hecho de que quieran ser youtubers justifica que nos tiremos desde el faro, y un padre romano podía decidir que su hijo debería morir, o venderlo como esclavo, y nadie le chistaba, era su derecho. Un poder absoluto. Puede parecer absurdo, pero esta era una idea que me venía a la cabeza con cierta frecuencia a medida que leía “Death Note” de Tsugumi Ōba y Takeshi Obata.
No cabe duda de que nos encontramos ante un manga completamente atípico y que, desde muy pronto, supera cualquier nivel de excelencia que queramos marcar, no es sólo que el dibujo sea excelente o que la historia esté bien contada y sea adictiva, es que el guion es sólido como una roca, fija desde el principio unas reglas que rigen en el universo que nos presenta y no las rompe ni una sola vez, una historia de detectives y criminales con tintes fantásticos y que, quieras o no, obliga a reflexionar.
No solo porque la historia gire en torno a Light Yagami, un estudiante de secundaria que se ha hecho con el death note del shinigami (un dios de la muerte) Ryuk, un cuaderno en el que basta escribir el nombre de una persona cuyo rostro conozcas para que muera (y de la forma que tu indiques) que utiliza para asesinar a toda los criminales que puede en un intento de acabar con el mal en el mundo, no, es que a pesar de los evidentes problemas morales que provoca su actuación, del hecho de que base su “autoridad” para decidir quién vive y quién muere en un profundo desprecio del resto del género humano que no somos tan inteligentes, buenos deportistas y guapos como él, sino porque a pesar de que es evidente que Light es un sociópata a lo largo de la lectura son muchas las veces que te pones de su parte, que quieres que triunfe. Lograr eso con un personaje tan frío, tan manipulador, tan soberbio, que no oculta que el resto del mundo le parece escoria no es solo difícil, es que resulta preocupante, le hace pensar a uno hasta qué punto estás dispuesto a aceptar medidas extraordinarias, incluso crueles en pos de un bien mayor. Eso sin contar lo que puedes descubrir sobre ti mismo al pensar en qué harías si tuvieses en tu mano semejante poder.
Una obra maravillosa y apasionante que engancha como pocas y que, eso sí, es posible que te muestre una faceta de ti mismo que no te termine de gustar, pero siempre hay un riesgo

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