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Los autores serios no escriben fantasía


A todos los lectores y escritores de fantasía nos ha pasado alguna vez, aunque por fortuna cada vez menos, alguien te pregunta por el libro que tienes entre manos y cuando identificas el género su respuesta es “ah, cuentos”, derrochando desprecio no sólo por tu trabajo, tus aficiones y el género de la fantasía, sino también por los propios cuentos, porque claro desde su punto de vista (iba a poner un adjetivo pero mejor no) ninguna persona seria, madura, va a perder el tiempo escribiendo o leyendo historias con magia, elfos o dragones esas obras son solo aptas para los niños que se pueden permitir perder el tiempo con frivolidades.
Así que podéis imaginaros mi emoción cuando supe que Ana María Matute había escrito una novela del género, “Olvidado rey Gudú” y que, no solo eso, sino que la consideraba su obra favorita, sí, la sin par Ana María Matute de la Real Academia Española, madre mía, da gusto hasta escribirlo.
Pero no es sólo que la incursión de Dª Ana María en el género suponga una reivindicación, sino que además permite disfrutar de una novela de fantasía escrita por una de las grandes autoras en español del siglo XX, porque no sé si os habéis dado cuenta, pero la inmensa mayoría de la fantasía que se publica en España son traducciones lo que no tiene nada de malo (a mis reseñas me remito) pero tiene el inconveniente de que lectores y, sobre todo, escritores de fantasía estamos acostumbrándonos a estructuras gramaticales y giros idiomáticos ingleses que no siempre encajan bien en español, por ejemplo es difícil encontrar autores españoles de fantasía que no acostumbren a poner los adjetivos delante del nombre, un auténtico tsunami de epítetos.
Y en este sentido, “Olvidado rey Gudú” es como agua fresca en medio del desierto, no sólo se trata de una historia interesante, entretenida y bien construida, sino que la autora demuestra en cada línea su dominio del idioma, el vocabulario que usa, la manera en que construye las frases, todo ello, revela a una auténtica maestra, una artesana del lenguaje, y constituye tanto un placer como una fuente de constante aprendizaje.
Ahora bien, también hay que señalar que no se trata de una novela de fantasía al uso, desde luego su estructura y temática no tienen nada que ver con las corrientes más modernas del género, y en numerosas ocasiones recurre a recursos estilísticos propios de los cuentos y las narraciones infantiles, sin embargo, no debemos equivocarnos, ni la historia que cuenta, ni los personajes, ni sus decisiones y justificaciones tienen nada de infantil, al contrario es una obra sería, irónica, en muchas ocasiones dura y en la que no falta la denuncia social.
Sinceramente, he disfrutado con su lectura, he llegado a los últimos capítulos sintiendo congoja por el devenir de ciertos personajes, un final al que se llega de forma natural, casi orgánica, sin abusar de los inesperados giros de guion (aunque alguno hay) y, además, para que engañarnos, he aprendido un montón.

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