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La vida pirata es la vida mejor

Reconozcámoslo, todos hemos querido ser piratas en algún momento de nuestra infancia, es cierto que, desde un punto de vista histórico, eran (y los que hay lo siguen siendo) unos bárbaros criminales, ladrones, violadores y asesinos sin el menor respeto por la vida ajena, sólo preocupados por su propio bienestar y, sin embargo, por alguna razón hemos acabado identificando la vida del pirata con el sueño imposible de la absoluta libertad, probablemente porque eran personajes aguerridos, al margen de la sociedad, que vivían su vida según sus propias normas, en lugares exóticos y, sobre todo, porque la piratería es un problema del pasado, cuando Espronceda escribe su “Canción del pirata” ya había pasado cerca de un siglo desde le época dorada de la República de los piratas. El romanticismo imperante hizo el resto.
No hay como ignorar la realidad de la historia para dar fuerza a los mitos, para elevar al Olimpo a personajes como Henry Morgan, Edward Teach “Barbanegra”, Mary Read o Anne Bonny o incluso barcos como el Queen Anne’s Revenge.
Eiichiro Oda es plenamente consciente de esta dicotomía, de estas dos versiones de lo que supone ser un pirata, el azote de los inocentes y el camino para ser libre, y es la base del conflicto que permea cada página de “One Piece” (y tiene un montón de páginas que permear, lleva casi mil episodios y está lejos de acabar, pero que no os desaliente, merece mucho la pena).
Por un lado, están los protagonistas que encarnan esa visión idealizada de los piratas, son jóvenes que se lanzan al mar como vía para alcanzar el sueño de su vida ya sea convertirse en el “Rey de los piratas”, el mejor espadachín o dibujar el mapa del mundo. Por otro, y desde la misma aparición de Nami, tenemos a los piratas (enemigos) como seres que se pueden y deben odiar, criminales de infinita crueldad a los que no les tiembla el pulso al cometer asesinatos en masa, lo que lleva a que un mundo simple en apariencia (y una auténtica pesadilla desde el punto de vista físico-geográfico) vaya ganando complejidad de forma bastante orgánica.
Esta divergencia será el motor que permitirá el desarrollo de los personajes (que, si bien son carismáticos, al principio son estereotipos clásicos perfectamente identificables) de forma lenta, pero constante y coherente, que Oda plasma recurriendo a una estructura clásica de enfrentamiento con un enemigo/superación de los propios límites combinado con flashbacks que les dota de profundidad.
Finalmente, hay que señalar que se trata de una obra con un marcado tono positivo, no solo por el uso constante del humor, nada elaborado, pero bastante efectivo sino, sobre todo, porque la trama se centra en valores como la amistad, la libertad, la lealtad, el valor, o la superación personal, cualidades que, no cabe duda, a todos nos conviene tener en nuestra propia vida, solo por eso, igual merece la pena hacerse pirata.

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