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Hoy toca Apocalipsis, otra vez

Es curiosa la forma en que nuestra sociedad ha cambiado en apenas unas cuantas generaciones, hemos pasado de vivir en una sociedad en la que el dolor, la enfermedad, el hambre o la muerte era parte consustancial del día a día, algo con lo que cualquiera sabía que iba a tener que convivir a una sociedad en las que esos conceptos nos parecen lejanos, e incluso tratamos de vivir como si no existieran o, mejor dicho, como si por el mero hecho de ignorarlas pudiésemos lograr que dejaran de existir. Y el resultado está a la vista, de pronto se ha desatado una pandemia, la enfermedad y la muerte ha llamado a nuestras puertas y, no solo no estábamos preparados, sino que ha habido mucha gente que no ha sido capaz de aceptar los sacrificios que la situación demandaba.
La sociedad que nos presenta N. K. Jemisin en “La quinta estación” también fue así en algún momento pero ya no, no puede permitirse el lujo de no estar preparado cuando todo el mundo sabe que antes o después se producirá un terremoto o una erupción volcánica que causará una catástrofe climática llevando a la humanidad al borde de la extinción, y lo saben porque ya ha pasado, varias veces, y saben que si no están todos debidamente preparados, si no se hacen los sacrificios necesarios, no quedará nadie vivo para ver el final del invierno volcánico, de la “quinta estación” y que, incluso haciéndolo todo bien, es posible que no sea suficiente.
Jemisin nos traslada a un mundo duro y cruel que ha dado forma a una sociedad igual de dura e incluso más cruel, que tiene interiorizada la idea de que, para que la comunidad sobreviva hay que hacer sacrificios, expulsar de la comunidad a los “inútiles” ya sean ancianos o personas sin las habilidades que la “comu” necesita, u “orógratas”. Una reflexión sobre la sociedad, el miedo, la necesidad y la esclavitud, sobre las cadenas que se imponen a otros y las que aceptamos llevar, en ocasiones en base a falsas promesas.
Se trata de una novela que, al principio, es compleja y lenta, el worldbuilding es detallado pero la autora no dedica tiempo a explicar prácticamente ninguna cuestión, desde el principio te sumerge en la historia, organizada en tres arcos, y deja que la información la vayas descubriendo de forma natural, orgánica, si en algún momento hay alguna explicación es a través de un diálogo y porque uno de los interlocutores necesita conocerla.
Sin embargo, hay un detalle menor que debo señalar, uno de los arcos argumentales que he mencionado se narra en segunda persona del singular, es decir, dirigiéndose al lector como si fuese el protagonista, con el tiempo te acostumbras, pero, al principio, resulta forzado, como si tratasen de hacerte empatizar a la fuerza consiguiendo en cambio que con frecuencia se rompa la suspensión de la incredulidad. Algo que también ocurre en ocasiones con su prosa que es excelente, sofisticada y cuidada, pero que en ocasiones es un poco efectista.
No obstante, insisto, es una novela excelente en todos los sentidos que consigue que, una vez que vas teniendo algunos de los hilos del tapiz medianamente claros, empieces a vislumbrar una imagen compleja, detallada y profunda que te deja con ganas de averiguar más.

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