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Elemental, lo podría resolver hasta un niño

No sé muy bien por qué será, pero las historias de detectives resolviendo crímenes se encuentran desde su origen, relativamente moderno, entre las más populares entre los lectores (o espectadores) de toda edad y condición, varían los métodos, varía la personalidad del detective o su ambiente social pero la mayoría respondemos a estas historias con fruición como si activasen resortes primarios de nuestra mente, no sé si es reto intelectual, el morbo del crimen u otra cosa, pero da igual si se trata de Holmes y su método deductivo, de Poirot y sus pequeñas células grises, de Mrs. Marple y su conocimiento de la naturaleza humana, Parker Pyne y sus estadísticas, Jessica Fletcher y su gafe (o su ingente colección de sobrinos) o Colombo y su gabardina llena de lamparones, estas historias siempre funcionan.
Precisamente “Detective Conan” de Gosho Aoyama, se inscribe en la tradición de Sherlock Holmes, y lo hace de forma evidente, reconocida y celebrada ya desde el propio nombre del personaje, tomado del creador de Holmes, Arthur Conan Doyle. Y realmente no defrauda.
Nos encontramos ante un manga interesante, curiosos y entretenido que a pesar de la estructura repetitiva consigue ser interesante e incluso divertido (lo que no es fácil cuando vas a muerto por capitulo, ni George R. R. Martin)
Además sigue todas las reglas del género, crímenes sorprendentes, o directamente imposibles, una policía ligeramente confusa (no saben por donde les da el aire) y un detective aficionado como una inteligencia y capacidad de observación totalmente fuera de lo normal y, por qué no decirlo, como es habitual en el género, muchos casos se resuelven debido a un deus ex machina, de pronto alguien hace o dice algo casual, inocente, y al detective, que en ese momento se encontraba levemente confuso, se le enciende la bombilla y la sorprendente solución aparece ante el para que pueda dejarnos a todos impresionados.
Por otro lado, también hay dos puntos que, en mi opinión, lo desmerecen un poco. Primero: los asesinatos son, en ocasiones, demasiado elaborados, e implican cientos de metros de sedal o cuerdas de piano construyendo con ellos estructuras complejas (solo diré que a veces parecen inventos del profesor Franz de Copenhage), lo que te lleva a pensar si todos los asesinos tienen años para dedicarse a planificar o cuenta con el asesoramiento de un grupo de ingenieros, lo que en ocasiones hace poco creíble la resolución del caso (Conan observa una marca de cinco centímetros en el alfeizar de la ventana o en la balaustrada e inmediatamente sabe como se usó el hilo, cuanto necesitó y en que otros seis lugares lo enganchó) e incluso que las explicaciones resulten demasiado complejas y segundo: en muchas ocasiones no es posible para el lector resolver el caso porque la información crucial se omite, por ejemplo, Conan ve algo que le da una pista pero nosotros no sabemos lo que está viendo, o pregunta algo a un testigo y no conocemos la respuesta, en ocasiones tampoco la pregunta, y eso es algo que en el fondo percibimos como una trampa por parte del autor, las historias de detectives se perciben como retos del escritor al público, el caso debe ser endiabladamente difícil pero también poder ser resuelto por el lector, si se omite información no es un misterio sino un truco, y, lamentablemente eso pasa mucho en este manga.
No obstante, sigue siendo un manga entretenido y disfrutable, aunque, eso sí, no le vendría mal avanzar hacia la culminación de la trama principal, que ya son veintisiete años buscando a los hombres de negro, Gosho Aoyama.

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