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El Napoleón del crimen


Hace unas semanas, en referencia a Drácula, comentaba que a todos los escritores nos gustaría crear un personaje que influya tanto en la imaginación popular que se convierta en un icono, tan influyente por sí mismo que acabe por ser la encarnación de una profesión o un carácter o una mitología, algo que incluso sirva para cuadrar las cuentas de un estudio de Hollywood en horas bajas o permitir que un escritor no demasiado hábil perpetre un best-seller a base de visitar todos los lugares comunes que forman parte de esa iconografía. Y si preguntase por algún otro de esos personajes icónicos a no mucho tardar aparecería el nombre de Sherlock Holmes, ¿quién no conoce al bueno de Holmes? Con su pipa, su gorra de caza, que no se menciona en las novelas y relatos, o su “Elemental, querido Watson”, que no pronuncia ni una sola vez (está claro que icónico no significa exacto).
La fuerza del personaje es un reflejo evidente del talento del autor, pero Doyle no sólo creo un personaje icónico (o un dúo porque no hay que excluir al Dr. Watson) sino que logró el equivalente a un triple salto mortal hacia atrás con una copa de vino en la mano y sin derramar una gota. Porque si ya es difícil conseguir que tu protagonista/antagonista se convierta en un icono, lograrlo con un antagonista creado exprofeso para un dar un final de altura a Holmes, que únicamente aparece, indirectamente, en otro relato y, a parte de eso, es mencionado de forma nostálgica por Sherlock en otros cuatro, es pura genialidad. Porque, aunque por su influencia popular pueda parecer imposible, el Profesor James Moriarty tiene una presencia casi anecdótica en la obra de Doyle, sobre la némesis de Holmes no sabemos apenas nada, ni sus motivaciones, ni casi ninguno de sus crímenes, sólo sabemos lo que el detective nos dice de él, que es matemático y el único criminal que puede rivalizar con él en inteligencia, ahí es nada.
Pero esta indefinición también tiene sus ventajas, por ejemplo, que permite que multitud de personas con talento (dispar) se han tomado la molestia de profundizar en el personaje y dotarle de una mayor complejidad. Precisamente lo que ocurre con “Moriarty el patriota” el manga que comento hoy.
Ryosuke Takeuchi y Hikaru Miyoshi nos presenta los orígenes del joven Moriarty, mucho antes de enfrentarse a Holmes, nos hablan de su extraordinaria inteligencia, de como se enfrenta al mundo repugnantemente clasista de la Inglaterra victoriana, las consecuencias morales de su ubicación en esa escala de clases y su objetivo final de librar al mundo de una clase alta depredadora que oprime, explota, desprecia y maltrata cruelmente a los de las clases inferiores, porque, casi de forma inevitable, incluso con todo el dilema moral que pueden suponer sus acciones y medios, Moriarty se convierte en un héroe romántico.
Una vez superado el primer capítulo en el que se presenta a Moriarty y compañía, y que con los saltos temporales y la aparición repentina de personajes, en algunos casos fisicamente semejantes, puede ser un tanto confuso, nos encontramos con capítulos cuya estructura, al menos parcialmente, recuerda a los relatos de Doyle, situaciones aparentemente irresolubles, analizadas por Moriarty desde la altura de su increíble inteligencia (ocultando información en ocasiones o cuando menos su proceso deductivo) y que se resuelven con una exhibición de ingenio y planificación meticulosa, planes complejos y sofisticados que funcionan con la precisión de un reloj.
Resulta moralmente incómodo, pero a lo largo de las aventuras del joven Moriarty es imposible no simpatizar con sus objetivos, aunque solo sea porque la sociedad victoriana es presentada, de forma cruel, y fundamentalmente atinada, como un pozo de podredumbre donde sólo el egoísmo y el desprecio por los inferiores tiene cabida, aunque, eso sí, no deja de resultar sorprendente el esfuerzo que se dedica a explicar una sociedad de clases hereditarias cerradas en una obra creada, no hay que olvidarlo, en el país de los burakumin.

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